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Un día sin furia.

En 1993 Joel Schumacher grabó la película “Un día de furia”. En ella sometía a Michael Douglas a un agobio extenuante en el que los problemas de tráfico también eran protagonistas.
Los Ángeles es una ciudad diseñada para el autómovil. Sus gigantescas autopistas erigidas a mayor gloria del Dios de las cuatro ruedas, se han revelado como un auténtico fracaso. Un fracaso al que ya han puesto nombre: carmageddon, el padre de todos los atascos.

Extremo opuesto: despertamos en Muros y nos disponemos a disfrutar de un día sin furia.
Desayunamos entre los soportales que dan imagen (sospechamos que también nombre) al pueblo. Decir que son rotundos, es quedar corto. Son ciclópeos. Bajos. Poderosos. Contribuyen a reafirmar, reafirmar siempre es su función, la sensación de calma que nos invade desde que llegamos aquí.

El desayuno es de las pocas cosas convencionales que tomaremos durante nuestra estancia. Café con leche, tostadas y mermelada. Disfrutémoslo como un adiós.

Estamos frente al mar y a unos pasos del edificio del Concello, situado en el Curro da Praza, todo un homenaje al granito. Por unas escaleras de su lateral comenzamos la ascensión hacia la antigua colegiata de Santa María del Campo, ahora iglesia de San Pedro de Muros. Tranquilidad, la ascensión es muy corta y el desayuno nos ha aportado energía.
¿Por qué comenzar por una iglesia? Lo descubrirás en cuanto entres en el templo. No es que el exterior no tenga interés. Todo lo contrario. Es un extraordinario ejemplo de combinación de románico y gótico marinero, con una bella fachada y una hermosa torre. Pero el interior está lleno de curiosidades. En primer lugar una pila bautismal incapaz de cumplir esa función, pues en el agua bendita encontramos una serpiente de piedra (el maligno), que no deja espacio para sumergir allí a ningún bebé. A nuestra izquierda hallamos el articulado Cristo de la Agonía. La imagen, donada por los marineros, es de un dramatismo sobrecogedor. Su “desenclavamiento” en Semana Santa es uno de los puntos álgidos de estas fiestas. A la derecha hay un enorme osario, con reliquias de santos.
Al salir respiramos, la experiencia ha valido la pena.

Bajamos de nuevo al puerto. Mientras dudamos si volver a tomar algo o no, hacemos camino hacia la salida del pueblo. A la derecha la ría, A la izquierda los arcos. Y los estrechísimos callejones, otra de las señas de identidad de Muros, con nombres tan sugerentes como “de la esperanza”, “del sufrimiento”, “del ángel”. Los recorreremos a la vuelta. No sorprende que todo esto mereciese la declaración de Conjunto Histórico Artístico en 1970.
Seguimos bordeando la ría. Nos dirigimos al Muiño Cachón, un antiguo molino de mareas, al pasar contemplaremos lo que fue la antigua Sel y pararemos un momento en el Santuario Virgen del Camino, una muestra de la relación de esta tierra con la xacobea ruta.
El Muiño Cachón se convirtió, con muy buen criterio, en un museo donde además de explicarnos su curioso funcionamiento, ofrecen la información que hemos venido a buscar: indicaciones sobre una ruta de petroglifos. Queremos conocer el famoso Laxe das Rodas. Agradecemos la información tan experta como apasionada. Como la hora de la comida se nos echa encima, decidimos alargar un poco la visita al museo y comer en un restaurante próximo.

Mentira. Lo teníamos planificado así desde el principio. Vamos a Casa Anido, que queda muy cerca. No abre siempre, los horarios son raros y no sabes muy bien qué te vas a encontrar. Pero esto no es sólo una experiencia gastronómica, es un viaje en el tiempo y además desde el asiento de ventanilla, porque el restaurante o lo que sea, está en una península desde la que Muros parece un cuadro.
Comemos productos del mar. Renunciamos a la carne, que hay que seguir caminando. Nueva mentira: ¡cómo no íbamos a comer productos del mar en Muros!
Se está demasiado bien en la terraza. Al caminante le está costando ponerse de nuevo en marcha. Pero hay que hacerlo. Lo que está claro es que no nos vamos a forzar en exceso. Recordemos: un día sin furia. Entonces pedimos un segundo café.

Cogeremos el coche. Aquí nos lo podemos permitir. Aparcamos o circulamos según nuestros deseos, no hay asomos del carmageddon en esta ría. Recorremos la costa en sentido inverso, dirección Carnota. Nuestro destino es Louro. Desde allí, siempre vigilados por el extraordinario monte del mismo nombre, comenzaremos la subida hacia el Laxe das Rodas. La distancia es corta. Ascendemos unos pocos metros y encontramos el petroglifo. Un calendario? Mesa de ofrendas? Signos solares o lunares? Interprétalo tú mismo, ya que los expertos no se ponen de acuerdo.

El Monte Louro no nos quita la vista de encima. Nosotros tampoco a él. Es una guerra de miradas. Gana él, que está más que acostumbrado a soportarlas. Nadie resiste al hechizo de su doble cumbre invadiendo el mar. Es bello a cualquier hora del día. Ponle los adjetivos que quieras. Mágico. Mítico. Los aguanta todos. Se hace acompañar de una laguna de gran valor ecológico y de dos playas: Areia Maior, la suya propia, y San Francisco. Nombre que nos recuerda el precioso convento-camping que proximamente también será hotel. Lo visitamos. También iniciamos, solo iniciamos, el vía crucis que asciende por el monte Oroso para ofrecer las mejores vistas del Louro. Siempre el Louro. El gran símbolo de esta ría.

Está atardeciendo. Pese a traer el coche, hemos caminado por playas y montes. Ya no nos importaría tomar unas tapitas. Regresamos al centro de Muros. Aparcamos en el puerto, que tiene capacidad para centenares de vehículos y siempre ofrece un hueco, lo que nos permite admirar los veleros y yates franceses y holandeses que llenan la marina. Gente valiente.

Echamos unas risas en los callejones recordando a algún amigo demasiado ancho para pasar por ellos y nos encaminamos hacia la plaza del Lagarto, con la intención de tomar algo en sus mesones. En realidad se llama plaza de la Pescadería, pero la estatua de la fuente, pese al deterioro, adquirió el protagonismo propio de las rarezas.

Pulpo, berberechos, empanada, cervezas y vinos. Lo de cenar “de plato” tendremos que dejarlo. A diferencia del pobre Michael Douglas, mañana será otro día, con otras posibilidades. No hay que gastar de un tirón todas las balas. Así podremos decir eso de “Alégrame el día”. Pero esa es otra película.

Fermín G., Cinéfilo

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